Irás
y no volverás. En 1992, entrevisté a José Emilio Pacheco
en Guadalajara. Con sencillez y cordialidad extraordinarias, me dijo, entre
otras cosas, que estuvo a punto de nacer en esa ciudad y no en el Distrito
Federal, como ocurrió en 1939, toda vez que su padre estaba adscrito a la zona
militar de la capital jalisciense y su madre vivió ahí con él hasta el séptimo mes
de embarazo. Lamentaba no saber mucho sobre esa etapa de la vida de sus progenitores.
“Una de esas cosas terribles que uno nunca hace —dijo— es preguntarle a sus
papás ciertos detalles que uno sólo llega a entrever en ciertas conversaciones.
Los detalles nunca los preguntas, pensando que ya habrá oportunidad y de
repente se mueren tus padres y también sus contemporáneos”. Recordó que comenzó
a publicar en 1957 en la revista Estaciones,
gracias al poeta Elías Nandino. Y al referirse a la suerte de sus libros, señaló:
“A un libro yo siempre lo comparo con una botella al mar. Nunca sabes en qué
manos va a caer, ni qué se va a hacer con ese libro. Eso me parece muy bonito”.
La tarde del domingo 26 de enero de 2014, el escritor falleció en la ciudad de
México. Lo mantendrá vivo para siempre su palabra, diáfana y certera. Escribió el
poeta en Al terminar la clase: “Más
temprano que tarde la poesía/ llega a los claustros/ Bibliotecas que no
consulta nadie/ líneas en un fichero/ opiniones de cuarta o quinta mano/
comentarios triviales haz de anécdotas/
en el salón de clases/ (auditorio cautivo indiferente)/ 'Cultura' en fin y 'tradición'/
Es triste/ Sin embargo la llama no se extingue/ Sólo duerme/ prensada y seca
flor en un libro/ hasta que de repente/ vuelve a encenderse viva”.
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