Las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras que en la de los cronopios hay gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempre de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente.Julio Cortázar, Historias de cronopios y de famas
A los cronopios les gustan las flores. Disfrutan también que las mujeres tengan nombres de flores. A veces, pasan por las anchas calles asépticas de los barrios donde viven los famas. Ven, entre los barrotes, los cuidados jardines donde se deleitan de sol azucenas, violetas, rosas y gardenias. Y no pueden evitar dar vuelta en U para regresar a admirar sus colores y aspirar, aunque sea lejanamente, sus aromas que, en sus adentros, evocan rituales de ternura y aun de lujuria. A veces, cortan una flor y la meten entre las páginas de la Biblia. En la noche repasan la Primera carta de Pablo a los Corintios. Deletrean, solemnes: “Si tengo el don de profetizar y estoy enterado de todos los secretos sagrados y de todo el conocimiento, y si tengo toda la fe como para trasladar montañas, pero no tengo amor, nada soy”. Sorpresivamente, al dar vuelta a las hojas del libro, en esa hora de plegaria, se encuentran con los pétalos de una flor magnífica que resplandece entre profecías apocalípticas. Y se ponen a llorar por el milagro. Les gusta también que haya flores que se llamen pensamientos. Creen que nada es más hermoso, ni más justo, que la comunión de inteligencia y belleza que tiene lugar en esa planta sencilla que pinta de azul, violeta y amarillo sus rubores. En ocasiones, en pleno frío de diciembre, deshojan margaritas y ponen sus síes y sus noes a navegar en los charcos de melancolía que entraron por las goteras de la casa desde las lluvias de septiembre. A los cronopios les gusta regalar flores, como les gusta regalar palabras, pero casi nunca tienen un buen pretexto para hacerlo. Son muy tímidos. Pero, algunas veces, salen a la calle, echan sus flores y sus palabras en un buzón, y luego regresan a sus casas para seguir cultivando margaritas, cuentos y poemas, ante la benévola sonrisa de famas y esperanzas.
Fermín Ramírez Gutiérrez

SER CRONOPIOS NOS BRINDARIA LA POSIBILIDAD DE VER A TRAVÉS DEL CIELO GRIS CONTAMINADO,DE LA MUERTE COTIDIANA, DEL ODIO QUE SE EXTIENDE, QUE LA VIDA, AÚN MERECE TENER UN SENTIDO PARA SER VIVIDA, Y VIVIRLA.
ResponderEliminarDe acuerdo. Este breve cuento es, desde luego, un respetuoso y modesto homenaje al enormísimo cronopio que fue, y sigue siendo, Julio Cortázar.
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