Este cadáver que vive en mi.Foto: FRG
LITERATURA/FOTOGRAFÍA/VIDEO/FILOSOFÍA LUGAR PARA RECREAR LA IMAGINACIÓN, VOLVER A LA EDAD DE LA INOCENCIA Y ASOMARSE A LA VENTANA DE LOS SUEÑOS, QUE TE HACEN LA VIDA MÁS BELLA Y AMABLE
Hora en que la luz y su ausencia modifican los seres y las cosas. Camino a Michoacán.
Tus ojos inventan lo que soy y no conoces. Niña náayari (cora) en la Mesa del Nayar.
Niña náayari (cora) rumbo a la escuela, en la comunidad Chuisete’e (Jesús María), en Mesa del Nayar, Nayarit.
Era una fría mañana de octubre. Junto a sus pies, dos gatos ronroneaban sus siete vidas, soñando que perseguían lagartijas de esmeralda y diamante sobre el tejado. Sobre la pequeña mesa, un manuscrito dejaba entrever la historia de un amor infausto, que terminaría en tragedia en el último párrafo. Ahí, con pulso cascabeleante, la poeta escribía —sobre papel satinado y con pluma fuente— los versos cimeros de su obra. La culminación de sus setenta y dos años y siete meses de comunión con la palabra. Era la historia que había empezado a enhebrar en su mocedad con hilos de fuego y titanio. Era la historia del único dolor que pudo llegar hasta el vértice de sus anhelos y tuvo la ingrata virtud de amargar su vida. Pero, esa mañana sabía ya el nombre de su angustia y tenía las letras precisas para escribir la fórmula exacta del antídoto contra el sagrado veneno. En ese instante lo podía todo. Las palabras resplandecían en su alma. Y ya después nada importaría. En ese momento irrepetible sonó el teléfono. Una sorda hecatombe empezó a dibujarse en su mente y a tomar forma de rictus en su semblante. Volvió a sonar el timbre. Levantó la bocina y una voz desconocida le informó que la Real Academia Sueca la había escogido ese año para recibir el Premio Nobel de Literatura, por su trabajo lírico que expresaba con irónica precisión la verdad humana, su excelsitud y su miseria. Y esa voz extraña le decía, con burocrático júbilo, que la Real Academia había comparado sus poemas con la leve gracia inspirada en la música de Mozart, con los sublimes y solemnes oratorios de Bach y con la furia creadora de las sinfonías de Beethoven. Fue entonces cuando un tropel de bestias enloquecidas estalló en todo su ser y pisoteó millones de veces en un segundo su corazón enfermo. Y la pluma cayó de sus manos, como de su cuerpo la vida. Su mano encallecida, tiesa ya para siempre, no habría nunca más de exorcizar demonios. Su obra maestra no habría de conocerse nunca.
En espera de una señal en el horizonte, la vida va. Puerto Pulmo, Baja California Sur.
He aquí el rostro y la máscara. El ser que se muestra y que se oculta. El de los ojos vacíos que lo observan todo. El de los labios abiertos que buscan palabras precisas para nombrar el hielo y la lava. Esa obsesiva y necia costumbre de buscar un nombre para todas las cosas, para conjurar el riesgo de su nada y de su silencio. Ese miedo atroz por lo que no tiene nombre, por lo que carece de una etiqueta que acote su poder oculto. Al igual que esa anónima silueta, tengo hoy los ojos vacíos, plenos de cosas que no tienen nombre. De fantasías que surgen de la nada y allá se van. He de decirte que son como larvas que germinan en la humedad, entre las sombras y en el más absoluto silencio. He de decirte, espejo de mi ansiedad, que sus voces murmuran eternamente plegarias anónimas, cuyo significado no puedo descifrar. He de decirte que no hay letras suficientes en las lenguas vivas, ni en las muertas, que sirvan para hilvanar sus improbables nombres. He de decirte que sus pasos retumban agigantados en los umbrales de todos mis sueños, en los que, a veces y por ventura, también tengo la pesadilla del amor y del erotismo. Regalos de un Dios ignoto y compasivo que me hace olvidar, en noches de lúdica lujuria, la impiedad de esos seres desencarnados que me abruman con sus silencios sin nombre, con sus rostros de cuencas vacías, con su fétido aliento de flores marchitas. He de decirte, manantial de los supremos misterios, que hay en el horizonte un amanecer de sombras heridas de luna, agónicos agoreros de un porvenir colérico, en el que las cosas pierden su nombre y prevalece el dominio de la nada. El turbio dominio de lo que no tiene nombre. Por eso, te digo hoy, sepulcro de mi devoción, que mis ojos y mi boca se secan porque no hay nada que nombrar, porque nada de lo que aún se ve puede sujetarse en la certeza de una palabra que absuelva la turbulencia de su vacío carente de significados. Por eso, te digo hoy, interlocutora de mi soledad, que es tiempo del adiós y el olvido.
Las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras que en la de los cronopios hay gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempre de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente.